
Especiales
27 ene 10 | Estanis Solsona
Especiales: Los mejores discos internacionales del 2009: Segunda Posición
Vic Chesnutt - At the Cut (Constellation, 2009)
Una diminuta melodía punteada a la guitarra acústica, unas leves cuerdas… De la nada, Vic Chesnutt susurrando una reveladora cita del escritor Frank Norris: “El valor del cobarde, más grande que todos los otros”. Parece que estemos ante el desorden apagado y sucio de un paisaje de derrota, pero enseguida suben las décimas de fiebre y Coward, tema que abre “At The Cut”, cobra vida en un campo belicoso, estremecedor: entra la batería, grave, marcial; las guitarras, con un grado de distorsión quebradiza, como el sonido de la leña consumiéndose en ceniza. Cuando Vic se autoproclama un cobarde con la voz descosida, no te cabe la menor duda de que sabe muy bien lo que es armarse de coraje ante los perversos mecanismos de la vida.
En el último trabajo de una dilatada trayectoria de ya casi veinte años, Chesnutt vuelve a acompañarse de Guy Picciotto (Fugazi) y los músicos de Silver Mt. Zion, la misma banda que brindó nuevos enfoques a su música en el anterior “North Star Deserter” (2007) y que, una vez escuchado este “At The Cut”, podemos afirmar que le ha servido de feraz inspiración para seguir explorando en una veda que le tienta a no anclarse en el folk de autor y a alimentar su trabajo con rasgos expresivos insospechados.
La exposición de vulnerabilidad descarnada de Coward quizás sea la más explícitamente dura, pero durante el disco Vic da muestra constante de su sensibilidad y su ternura. Sus historias nunca caen en la autocompasión; más o menos tristes, todas ellas se caracterizan por tener una esencia nostálgica, ensoñadora pero firme, y en ellas incorpora con naturalidad imágenes de belleza asilvestrada que no hacen más que convertirlas en mágicas y simbólicas. Y eso es algo no muy distinto a lo que la banda hace musicalmente con sus canciones: aportar toques de encanto embrutecido con gran versatilidad (haciendo de ellas algo épico, delicado o turbulento, siempre con mesura) sin interferir en el tono intimista del esqueleto. Buena prueba de sus cambiantes aptitudes es la cálida y minimalista atmósfera de Chain en contraste con los pespuntes eléctricos y la agilidad de la que dotan a Chinaberry Tree; o ese ambiente de tarde calurosa de clara influencia sureña en It Is What It Is (retrato narrado con ese humor negro autodespreciativo que le caracteriza) o en el que es uno de los momentos más inesperados del disco, We Hovered With Short Wings, una pieza bañada en un jazz frágil como un copo de nieve, con una melodía huidiza como un pájaro indomable cantada en falsetto, con el mismo poso opaco y evocador de una Billie Holliday.
Sin embargo, la desnudez del último tema es significativa. Chesnutt no necesita ningún truco poético, ningún fuego de artificio de forma exótica. En Granny, tras describir tres viñetas cotidianas protagonizadas por su abuela y rematarlo indicando cómo ella le decía “Eres la luz de mi vida y el latido de mi corazón”, sabes que nada podría calar tan hondo en el tejido de las entrañas como esas palabras textuales cantadas por el nieto que la añora, y nada podría transmitirte de manera tan pura ese sentimiento de que eres especial, esas ganas de vivir.
No hace falta puntualizarlo; las lágrimas que han asomado durante toda la escucha en un momento u otro, tienen rienda suelta llegado este punto. Y es un alivio.
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